lunes, julio 06, 2009

Nuevo cartel de Public Enemies


Web oficial: aquí.

Mañana, en Jerez


Camino de ida, de Carlos Salem


-Yo estuve triste muchos años. Y no me sirvió de nada. Después de tanto tiempo, he descubierto que todo el camino es de ida…
-¿Hacia dónde? –preguntó acariciando a Jorge Luis, que ronronéo.
-Eso es lo que menos importa –respondí–. El caso es ir, hacer, reír, llorar, vivir. Son verbos, acciones. Si te equivocas, mala suerte. Pero si no decides por tu cuenta, la suerte, buena o mala, siempre es ajena. ¿Entiendes? No se puede vivir echándole la culpa a los demás de lo infeliz que eres, porque ser un infeliz también es una elección, pero una elección de mierda.
-¿Y qué hago con los miedos? –me preguntó.
-Te los tragas, los digieres, y un buen día aprendes a cagarte en ellos.

Residencia

En su maleta
un cojín pequeño,
de esos modernos
que se adaptan a cualquier forma,
un tubo de adhesivo para dentaduras
y una pastilla de jabón
que aún conserva su envoltorio.

La ropa y las medicinas
van aparte.

Allí ya tiene
sus cuadros,
algunas fotos,
recuerdos,
y mañana su sillón,
desde el que ha visto la tele toda su vida,
aunque ahora,
ésta es nueva.

Así, pretenden
que la habitación
no dé tanto miedo,
que no eche tanto de menos su casa,
que no se sienta
tan extraña.

Pero yo le preparo
la merienda,
cola cao y pan tostado,
y antes de tomárselo
me toma el brazo.

Está asustada,
cagada de miedo,
con 91 años cualquier cambio asusta
más de lo normal.

“Sólo le pido a Dios
que, por favor,
me traten con cariño”.


Javier Das, Inédito

Sidra de barril

Cuando uno se muda de ciudad debe renunciar a ciertas costumbres que le hacían la vida más aceptable o, al menos, le daban solaz durante los fines de semana. Con el cambio se ganan unas cosas y se pierden otras, pero siempre estamos intentando recuperar lo de antaño. Y no se trata de nostalgia. Se trata de hacer lo que te gustaba. Por la ciudad en la que me muevo a diario voy buscando garitos donde esté tan cómodo como lo estuve (o como lo estoy cuando vuelvo) en ciertos locales de Zamora. Se van encontrando equivalencias, lo dejé escrito ya. El par de sitios adecuados para las tapas, aquel bar donde el camarero siempre me invita a una ronda, etcétera.
En Argumosa, una de las calles de mi barrio, que no queda muy lejos de casa, hay una sidrería que frecuenté un par de veces, al principio, pero a la que apenas había vuelto desde entonces. Una de estas tardes de calor, junto a varios compadres, nos refugiamos allí huyendo de la solana y me fijé en que tienen sidra de barril. Puestos a escoger, prefiero la sidra natural, de botella, la que escancian en Asturias como sólo saben hacerlo ellos; y de ésta también tienen en este garito. Pero emborracha demasiado y lo que en las tardes de verano necesita uno es simplemente refrescarse, quitar la sed, hidratarse. Algunas tardes paso por allí y pido una jarra de medio litro de sidra. Hay un gran contraste entre los camareros que suelen estar tras la barra (hombres, blancos, maduros) y las camareras que sirven las mesas de la terraza y del interior del local (mujeres, negras, jóvenes). Me ponen la jarra delante y, en cuanto doy un trago a esa sidra de barril, no sólo sacio la sed y me refresco, sino que regreso a una de mis costumbres de antaño: de un trago vuelvo a la calle de Los Herreros.
Ese primer trago me empuja a revivir buenos tiempos, que los hubo; el pasado no siempre es bueno, por mucho que lo idealicen los abuelos. Con el sorbo me acuerdo de las tardes de verano. Íbamos a La Cooperativa, en Los Herreros, nos sentábamos a una mesa y pedíamos de beber. Yo escogía sidra. Servida en jarras de medio litro, de envase idéntico al que me ponen en esta sidrería asturiana de Madrid. Y entonces, entre unos cuantos amigos, contábamos cuatro batallitas, hablábamos de las chicas, de cine, de música e incluso de literatura. Hoy ya no resulta fácil hablar de libros con quienes no se dedican a ello, pero entonces sí, entonces había cierta pasión por los clásicos, por lo independiente, por las rarezas literarias. Otra parada obligatoria (salvo cuando cerraban unos días de verano) era El Quinti. En el piso superior pedíamos una de sidra y una de morro rebozado. Insisto en que estoy hablando de días laborables de verano. Refrescábamos el gaznate y yo optaba por la sidra para no regresar cocido a casa. Pero algunas veces, en especial si era martes, el asunto podía torcerse. Los tientos a la sidra llevaban a los tragos de cerveza y no era raro si de noche acabábamos en el Cherokee, entre hombres venidos del pueblo para tomarse una copa y gente de barrio que quería ver a las chicas que se desnudaban en el escenario. Me refiero a mujeres anunciadas en el cartel, no a espontáneas. Pero vuelvo al principio, que es lo que uno recuerda con más agrado: esas tardes de asueto en Los Herreros. Fue en los viejos tiempos, cuando todavía éramos estudiantes y cuando algunos de los colegas no habían optado por retirarse de la banda. Digo “banda”, pero podría decir pandilla o grupo de amigos. Así que de vez en cuando vamos a la sidrería de Argumosa, pedimos unas jarras y la sidra me transporta. Y, durante unos minutos, aquello funciona, chico. Estás a gusto en el presente, recordando los buenos ratos del pasado.

domingo, julio 05, 2009

Editorial Impedimenta: próximos títulos



Avance Impedimenta
Septiembre-Diciembre 2009
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La hija del optimista por Eudora Welty
Un hombre que duerme por Georges Perec
Novela del adolescente miope por Mircea Eliade
El caballo amarillo (Diario de un terrorista ruso) por Boris Savinkov
Amor de Artur por Xosé Luis Méndez Ferrín
Valor imaginario por Stanisław Lem

Cartel de The Informant!


Nueva película de Steven Soderbergh.

En Culturas (El Comercio)


Fotografías de José Naveiras



Arriba, Esteban Gutiérrez Gómez. Fotos: aquí.

Ante el ruido

Se me hace el verano cuesta arriba. Cada año más. Y no es por el calor, no. Es por el ruido, como ya dejé apuntado por aquí. Porque, con estas temperaturas de infierno, todos abrimos ventanas y balcones, suspirando por una ráfaga de aire. Y entonces nos entra de golpe el ruido que es capaz de generar una ciudad (española). El ruido de los coches, de las marujas que se encuentran en la acera cuando vienen de la peluquería, de las excursiones infantiles de fin de curso, de los ociosos y de los que se dedican a ver la vida con las manos en los bolsillos y sin otra ocupación que matar las mañanas y hablar a voces, de las orquestas y verbenas de verano y los cinefórums que montan los burgueses disfrazados de hippies, de los borrachos que andan de parranda y de la música atronadora que ponen los conductores que llevan las ventanillas del coche bajadas para que sepamos que compraron un equipo potente.
A esto se suman los niños del balcón opuesto a mi ventana. De eso ya he hablado. Pero de lo que no he hablado es de lo nuevo: al llegar el verano, como es habitual, proliferan las obras. Ahora hay una obra dos puertas más allá de la de casa, quiero decir en la misma planta, casi al fondo del pasillo, y el estruendo de golpes de maza me agota. De los mazazos es difícil escapar, porque retumban los suelos y retumban las paredes. Eso no es todo. Uno o dos años atrás, ya no recuerdo cuánto, hablé de un local próximo al portal de casa que, de vez en cuando, cerraban; un poco después los nuevos dueños lo remozaban para volver a abrirlo. Nunca funciona. Normalmente lo utilizan de restaurante. Pero es un restaurante fallido, uno de esos locales malditos en los que nada funciona, uno de esos sitios que jamás darían dinero aunque almorzaran allí con frecuencia los Reyes de España o la famosa de turno. Así que, cada tantos meses, lo cierran y le meten de nuevo la taladradora, la maza y a un puñado de obreros cuyo festival de ruidos suele amargarme la mañana. Sé que no servirá. Algunos locales de negocios están malditos, y sólo tienes que echar un vistazo a uno o dos de esos locales de La Marina, en mi ciudad natal, esos sitios cerrados ya, en los que abrieron toda clase de negocios sin que los ingresos alcanzaran para pagar las deudas que generaba cada reapertura. Así que tengo esa obra abajo, hacia la derecha, a unos metros de la ventana. Y suenan tanto los martillazos o los mazazos que es como si tuviera trabajando a un tipo dentro del armario.
Existen varias soluciones para afrontar el ruido, pero ninguna te deja satisfecho al cien por cien. La más natural es irse, pasar las mañanas en la calle, trabajando con el portátil en un café o en una biblioteca. La primera opción no favorece desde el punto de vista económico, porque tienes que consumir y no es plan de gastarse el sueldo en cafés y refrescos matutinos para alcanzar el nivel de concentración, salvo que seas “Mendel el de los libros”, ese personaje de Stefan Zweig cuya mera presencia en el Gluck daba dinero a los dueños, pues quienes iban a comprar sus ejemplares o a consultarlo debían pedir una consumición. La segunda no me entusiasma: en una biblioteca no tienes a mano la nevera con agua fría y refrescos ni puedes quitarte los zapatos. Otra opción es resistir en casa, poner alta la música e intentar que anule los llantos infantiles y el estruendo de las obras. Tampoco suele servir: los martillazos y los chillidos superan el nivel de decibelios. Algunas mañanas las paso, ahora, con los tapones de espuma puestos. No oigo cuando llaman al timbre, pero al menos escapo del ruido durante unas horas. Lo malo es que vivo igual que un sordo.

sábado, julio 04, 2009

El primer día del resto de tu vida


Es una película sobre la familia. Y la he disfrutado mucho. A ratos me ha hecho reír, a ratos me ha hecho sufrir. Uno se identifica con varios de los pasajes del filme de Rémi Bezançon, porque relata la historia de una familia a través de algunos de los días más importantes de sus vidas: el día en que el hijo mayor se va de casa, el día en que la hija pierde la virginidad, el día en que la madre advierte que está envejeciendo y piensa en recurrir a la cirugía, el día en que muere un familiar, el día en que se rompen las relaciones, el día en que todo cambia...
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Como dice uno de los personajes, un cirujano plástico: Cuando la gente entra por esa puerta, creen que tengo la máquina del tiempo. Pero lo cierto es que las cosas nunca vuelven a ser como antes. Sus esfuerzos para ser una familia completa y unida, igual que antaño, pueden dar fruto a corto plazo; sin embargo, todos lo sabemos: esa situación no es duradera.
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Uno de los aciertos de El primer día del resto de tu vida es el modo en que está rodada: por capítulos, con buen ritmo, con una BSO impecable. Es como Los Tenenbaums, pero en francés. Tiene un sólido reparto, bastante equilibrado. Para reír y llorar.

Más carteles de Inglourious Basterds






Estremecedor documento

Uno de los testimonios más crudos sobre lo que les hicieron los nazis a sus víctimas (judíos, gitanos, etcétera) durante la Segunda Guerra Mundial es el que aportó la escritora polaca Zofia Nalkowska. En su biografía se indica que fue “novelista, dramaturga, ensayista y descubridora de grandes talentos literarios”. Nalkowska participó, tras la guerra, en la Comisión de Investigación de los Crímenes Hitlerianos. Su experiencia y los terribles documentos y observaciones que recogió en el desempeño de ese trabajo le sirvieron para escribir ocho relatos, que tienen poco de ficción y mucho de reportaje, y que publicó bajo el título “Medallones”. La Editorial Minúscula, a quien debemos el rescate de la obra de Varlam Shálamov, tradujo este año dicho libro. El original fue publicado en el 46. Y no soy capaz de comprender por qué hemos tardado tanto en conocer este valioso y estremecedor, muy estremecedor, documento. Ocho historias, ochenta y tantas páginas.
“Medallones” se lee con un nudo en la garganta. Con una mano retorciéndonos las tripas. Se sufre. Quizá la más dura de las historias sea la primera, a pesar de hablar de los muertos y no de los vivos (los muertos no sufren, claro, pero al leer la descripción del estado de los cadáveres el lector imagina los padecimientos de sus propietarios cuando estaban vivos y le resulta difícil tragar saliva). En ese primer relato, “El profesor Spanner”, la autora nos mete en el Instituto Anatómico del Reich donde, en secreto, preparaban jabón con los cadáveres de las víctimas. Esa referencia la hemos oído cientos de veces (hacer jabón con judíos), pero creo que nunca había leído unas descripciones tan crudas. Veamos un ejemplo: “Más adelante había otros tanques con cadáveres, y después cubas con cuerpos partidos en dos, cortados en trozos y desollados. Sólo en uno de los tanques, separado y alejado de los otros, había algunos cadáveres de mujeres (…) Alguien familiarizado con el lugar apartó la tapa y con un atizador sacó la superficie de un chorreante torso humano hervido y desollado”. Esta es sólo una pequeña muestra de los horrores que se reúnen en dicha historia, y una parte ínfima de las atrocidades que cometieron los nazis. En otros relatos se nos habla de los vivos, de sus luchas diarias para escapar a la muerte. Algunos creían que no iban a salvar el pellejo, y años después dicen que esa indiferencia fue lo que en cierta forma los salvó. En la historia titulada “En el fondo”, un hombre relata las torturas a las que sometían a los reclusos de la prisión de Pawiak, donde nunca fusilaban a alguien sano: “Lo sé porque en nuestra cocina trabajaban hombres y nos lo contaban. También nos contaron lo de las ratas… Los propios prisioneros, cada mañana, tenían que sacar los cadáveres del depósito. Tenían las manos y los pies atados, y los intestinos devorados por las ratas. A algunos aún les latía el corazón”.
En otras historias nos habla de los prisioneros a los que metían, engañados, en cámaras de gas; de quienes huían de los trenes, rompiéndose huesos o muriendo en el acto; de niños a los que ajusticiaban porque eran muy pequeños para trabajar; de cómo separaban el pelo, la piel, la grasa y los huesos de los cadáveres para hacer jabón, abono, relleno para colchones y pergaminos; de las fosas comunes y de los hombres que veían sacar de los camiones a sus familiares muertos; de la mujer que se arrancaba los dientes de oro para comprar comida en el campo de concentración; del soldado que estrangulaba judíos con las manos, cada mañana, antes de ponerse a desayunar. Un documento único, una lectura necesaria.

Próximamente: Tienes una cabeza apuntando a tu pistola


Nuevo libro del escritor zamorano Ezequías Blanco, artífice de Cuadernos del Matemático.

viernes, julio 03, 2009

Medallones, de Zofia Nalkowska


Dos cubas contenían sólo cabezas sin cabello, cortadas de aquellos cuerpos. Estaban unas encima de otras, caras humanas como patatas amontonadas en un hoyo, tiradas de cualquier manera: unas de lado, como quien se apoya en una almohada, otras vueltas hacia abajo o boca arriba. Eran amarillentas y lisas, también estaban perfectamente conservadas y perfectamente separadas de la nuca, como si fueran de piedra.
Al lado de una de las cubas descansaba boca arriba una pequeña cara de tono marfileño de un muchacho que al morir tendría unos dieciocho años. Sus ojos oscuros, ligeramente oblicuos, no estaban cerrados, sino apenas entornados. Los labios carnosos, del mismo color que la cara, habían adoptado la expresión de una sonrisa triste y paciente. Las cejas regulares y bien dibujadas se alzaban hacia las sienes como con incredulidad. En esta situación singularísima, que habría superado su capacidad de entendimiento, esperaba el veredicto del mundo.
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Esta es una muestra de este durísimo libro sobre el genocidio nazi. 8 historias, a medio camino entre el relato y el reportaje, que salieron de las investigaciones de la autora tras participar en la Comisión de Investigación de los Crímenes Hitlerianos. Fue publicado en los años 40. En una de las historias cuenta una mujer: Debo decirle que yo quería vivir. No sé por qué, ya que no tenía marido, ni familia, ni a nadie, y quería vivir. Me faltaba un ojo, tenía hambre y frío, pero... quería vivir. ¿Por qué? Se lo voy a decir: para contarlo todo, como se lo cuento ahora a usted. Para que el mundo supiera lo que ellos hicieron. Historias de supervivientes, de cómo se hacía el jabón con la grasa de los muertos, de los intentos de fuga de los detenidos, de judíos hacinados en trenes y en cámaras de gas, de las torturas, las privaciones y las agonías. En un artículo del fin de semana hablaré en extenso sobre este libro, que deja huella. Publica Minúscula.

Nº 4: Agitadoras. Revista cultural


Agitadoras. Durante la canícula, nuestra nómina de autores es la siguiente:
José Blanco, Agustín Fernández Mallo, Tito Expósito, Silvia Sánchez, Jenn Díaz, Jesús Zomeño, Mariano Schuster, Inma Luna, Jorge Espina, Carmen Camacho, Holly, David Roas, Inés Matute, Julia Otxoa, Tomeu Ripoll, Ángela Mallén, Adán Echeverría, Jesús Aller, Juan Luis Calbarro, Sergio Sánchez Pando, David Torres, Luis García, Silvia Gelices, Adolfo Marchena, Luis Amézaga, José Ángel Barrueco, Beta, Vicente Luis Mora, Román Piña, Pedro Pruneda, Ana Márquez, Isabel Huete, Victoria Salvador, Pablo Paniagua, Gabriel Rodríguez, Joaquín Lloréns, Ángela Armero, Xisco Fuster, Jan Hamminga.

Cartel de Surrogates


Por no tomar un trago

Tomo un autobús a casa
por no tomar otro trago
y ahora mis poemas
-olvidados en el viejo bar-
corren el riesgo
de caer en la basura.
Prendo la radio:
Han declarado la emergencia
por la crisis,
se ha levantado una revuelta,
un joven ha sido asesinado
en el centro de la plaza.
Tomo un respiro
por no tomar un trago.
Esta época no necesita héroes
como los de antes.
He olvidado mis poemas en el viejo bar
¿A quien le importa?



Mariano Schuster, El bien es un mal necesario (Inédito)

Mañana, en Oviedo


Uxoa's Summer's Party


Artilugios modernos

Me entusiasma el entorno de la red: navegar por las webs, recibir correos electrónicos, escuchar música on line, picotear en los blogs. Sin embargo, llega un momento en que depender de la bandeja de entrada del correo electrónico se convierte en una especie de esclavitud, en una carga. Ahora ya no nos comprendemos a nosotros mismos sin estas herramientas de comunicación, no somos capaces de imaginarnos sin el móvil encendido en el bolsillo ni sin consultar el Outlook o el Hotmail o el Gmail cada dos por tres. Parece mentira que veinte años atrás no utilizáramos estos cachivaches. Y los hemos convertido en un apéndice más de nuestro cuerpo, algo sin lo que la vida ya no es tan fácil. Estar sin internet, o sin portátil desde el que puedas navegar en cualquier sitio que disponga de wifi, es algo que nos cuesta asimilar. La verdad es que las veces en que me he ido unos días de vacaciones agradecí estar un tiempo sin correos, blogs, foros, periódicos digitales y demás. No los extrañaba, aunque mis amigos no se lo creían. Pero era así: suponía un descanso de la rutina. Cada fin de semana que voy a mi ciudad no suelo conectarme a la red. Forma parte de mi huida del día a día y de la costumbre. Porque no tendría sentido estar en una casa conectado a la red y delante del ordenador e irse a otra para hacer lo mismo. Parecería que ni siquiera he cambiado de ciudad. Que sólo han cambiado las paredes del cuarto.
En uno de los artículos de “Un hombre sin patria”, el fallecido Kurt Vonnegut reivindica el placer de renunciar a los “artilugios modernos”, y cuenta lo bien que se lo pasaba cuando escribía a máquina. Cuando tenía que entregar un manuscrito que le ayudaba a mecanografiar una secretaria e iba andando a la tienda a comprar un sobre donde guardar las hojas, y caminaba hasta una sucursal de Correos para enviar el sobre a una agente o a un editor. En la sucursal le atendía una señorita de la que estaba secretamente enamorado, parapetada detrás de un mostrador, con lo cual nunca la veía de cintura para abajo. Y, entre tiendas y oficinas de Correos, al final pegaba la hebra con unas cuantas personas: clientes en la cola, dependientas. Y por último se iba a un buzón y echaba dentro el sobre, habiendo pasado un rato de asueto.
Visto así está muy bien. Cuando vivía en Zamora esa vida, esa salida del encierro, era más factible. Todo quedaba cerca: la copistería, la tienda donde venden sobres, la oficina de Correos… En el fondo era un paseo agradable (aún lo será para quienes vivan allí). Pero en un par de ocasiones, durante la semana pasada, tuve que ir a hacer recados similares: compra de sobres, caminata hasta Correos y tal. En Madrid, esto no es agradable. O a mí se me hace cuesta arriba. Tienes que lidiar con las innumerables obras mediante las que (como siempre en verano) han destripado media ciudad. En ocasiones tienes que utilizar el metro y ahora hay tramos de líneas cortadas. En las colas de espera la gente está a lo suyo, tiene cara de póker o parece que te va a gruñir. El personal está estresado y no me imagino una conversación con ninguno de ellos. No es raro encontrarse con un tipo hosco o gruñón detrás del mostrador, en vez de con una señorita guapa a la que no se le ven las piernas. También está el insoportable bochorno de estos días, en los que el calor no sólo te desespera por la calle, sino que los orines, las basuras y los vómitos de las aceras hieden y te marean. A mí los artilugios modernos me vienen bien, me benefician (mejor mandar un e-mail que ir a Correos). Pero parte de razón tenía Vonnegut. Uno necesita pasar un poco de estas cosas y salir a vivir a la calle. Yo tengo “mono” de eso mismo.

jueves, julio 02, 2009

Los Ángeles del Infierno, de Hunter S. Thompson



Para el gran Hunter S. Thompson no había barreras. Era capaz de cualquier cosa. Los tenía bien puestos y es de los que eligieron su propia muerte (esto último me parece menos valiente). En este extenso reportaje, que Anagrama recuperará en breve en su nueva colección "Otra vuelta de tuerca", analiza todo lo relacionado con Los Ángeles del Infierno y destaca las diferencias entre la realidad y las leyendas que rodean a la banda. En los 60 tenían fama de violar en grupo, de atacar en manada, de acabar con la cerveza de un pueblo, de buscar problemas sin descanso. En el último capítulo salen los beat, que se relacionaron con ellos: Kesey, Ginsberg, Cassady. Cualquier libro de este autor contiene giros inesperados y unas cuantas sorpresas. Muy interesante. Y aquí van unas líneas:

Cuando las cosas van bien y hay juerga y cerveza y chicas en abundancia, ser un Ángel es algo bueno. Pero en una de esas tardes solitarias en las que estás soportando un dolor de muelas e intentando arañar unos cuantos billetes para pagar una multa de tráfico y el casero te ha cambiado la cerradura de la puerta y te exige pagar los alquileres atrasados… entonces no es divertido ser Ángel. Cuesta trabajo reír cuando tienes los dientes tan podridos que siempre te duelen y no hay dentista que te los toque a menos que pagues la factura por adelantado. Y, en fin, cuando la podredumbre del cuerpo empieza a torturarte, consuela el creer que el dolor es un pequeño precio que hay que pagar por las superiores ventajas y recompensas que entraña el ser un Ángel justo.

Segundo trailer de Planet 51


Ya queda menos para Planet 51. El segundo trailer puede verse acá.

Cartel de Five Minutes in Heaven


La nueva película del director de El hundimiento.

_035

cierro los ojos,
recorro
miles de kilómetros,
el polvo del desierto
se pega
en mi cuerpo,
sobre
el sudor,
mezcla
de elementos,
leve barro
en mis brazos,
en mi rostro,
quemado
por el sol,
quemado
por la indiferencia,
no puedo seguir,
el sol
abrasador,
hace que me desplome,
caigo
sobre la arena,
no puedo
respirar,
mi último
aliento,
mi final,
una luz,
un rayo de esperanza,
abro los ojos,
me levanto
al frigorífico,
pillo una birra,
bien fría,
esto
es vida.



Choche, de su blog (La inexistencia estomacal)

Creatura. Especial Bizarro III


Creo que este especial es aún más bestia que el anterior. Esta vez no se han cortado un pelo: fotografías de desnudos, historias sexuales, unos cuantos palos para Ramoncín, viñetas agresivas, una entrevista entre Julio Vegas y su creación, el Kebran en cueros y, en medio de todo ello, el lobo estepario Sándor Márai. Esta gente está chiflada, pero es una locura sana. Más: aquí.

Mañana, en Madrid


Realismo sucio

Salimos de los cines situados junto a la estación de Méndez Álvaro, tras disfrutar de un refresco en la terraza del edificio, escuchando cómo los trenes de cercanías rasgan la noche. Debido a la hora (casi la una), uno de los accesos superiores a la mencionada estación está cerrado y nos toca dar un rodeo para entrar y coger cada cual su medio de transporte. Somos cinco. Caminamos rodeando el enorme descampado que hay junto a la estación y cerca de una sucursal de El Corte Inglés. La acera que rodea el solar, protegido éste por vallas, está prácticamente en penumbra. En la semioscuridad se ven unos bultos negros que, de vez en cuando, corretean por las baldosas, salen de las alcantarillas o se meten en el descampado. A pesar de la falta de luz advierto que son cucarachas. Numerosas cucarachas. Bien cebadas. Bien alimentadas. Son gruesas y parecen fuertes. Están curadas de espanto. Hasta el punto de que la mayoría, al pasar a su lado, ni siquiera se inmuta. Las cucarachas más grandes que he visto en mi vida son las de Madrid. Tropiezas con ellas en noches como ésta. Ni siquiera eran tan grandes las que, antaño, en las noches de verano de Zamora, merodeaban en las aceras del convento próximo a la estación de autobuses. Las cucarachas son como los trolls y los anónimos de internet: aunque les cierres el paso con todos los medios a tu alcance, siempre encuentran una grieta por la que colarse. Unas horas antes pasamos junto a ese solar y me fijé en la basura típica de estos lugares: colchones desgarrados, sillas rotas, cartones, alimentos en estado de putrefacción… Sólo salvaron el panorama un par de gatos blancos, callejeros y perfectos, que comían de un plato que alguien de buena voluntad (una señora, supongo) les había colocado tras las vallas.
El paseo hasta las inmediaciones de la estación de Méndez Álvaro se llena, pues, de cucarachas que me provocan escalofríos. Cerca de la parada de taxis tampoco hay mucha luz. Los taxistas conversan en la sombra, de pie, fuera de sus vehículos. La escasa iluminación no permite averiguar si por allí corretean cucarachas e imagino que sí lo harán. Y me echo a temblar cuando pienso en sus zapatos, seguramente rodeados de bichejos que aprovechan el refugio de la oscuridad para envalentonarse. Al llegar a la estación me fijo en una hilera de hombres que duermen junto a la pared de la entrada. Dormitan sobre cartones. O sobre periódicos. Algunos están metidos dentro de un saco. Parecen heridos de guerra en un hospital; pero aquí, amigo, no hay techo que valga ni una enfermera que alivie su soledad y sus dolores. Dentro de la estación quedan unos cuantos viajeros haciendo tiempo hasta que salga el próximo autobús. Algunas personas han optado por dormirse encima de los bancos, abrazadas a la mochila o a la maleta. La estación apesta a humanidad cocida, a sudor ya viejo, a cansancio (no es que el cansancio huela, pero la nariz lo nota de algún modo).
Entramos en la red de metro. Toca hacer un par de transbordos. Algunos andenes de esta red hieden. A alcantarilla. A humedad. A lugar mal ventilado. A mierda de siglos. El hedor es insoportable en varios puntos (y sólo algunos días: no siempre huele tan mal en torno a los raíles). A esas horas los vagones están más sucios, lógicamente, porque es el final de la jornada. El último tramo. El último viaje de la noche. Los chavales entran al vagón con litronas a medio beber. Por cada tren, a esas horas, toca esperar más de diez minutos. El trayecto a casa se hace interminable. Al salir al exterior, es necesario sortear plastas de perro, botellas y algo de basura. Esto es realismo sucio y sólo lo soporto en las novelas.

miércoles, julio 01, 2009

Karl Malden (1912 - 2009)


Horario de verano

Durante los meses de julio y agosto consultaré el correo electrónico sólo un par de veces al día. Que nadie se sorprenda, pues, si tardo en responder. Para cualquier urgencia, aconsejo tirar de móvil, sea llamándome o enviando un mensaje. También leeré menos blogs.
Los artículos saldrán puntualmente (como siempre desde hace años) y actualizaré a diario esta bitácora, salvo caso de fuerza mayor.
Lo cierto es que estoy agotado de pasar tanto tiempo ante la pantalla y a la vez quiero escribir otras cosas. La única manera de reposar un poco y continuar currando sin estresarse es destinando menos horas a navegar por la red, y durante esas horas dedicarse a teclear (artículos, poemas, lo que sea). Y también es el modo de distinguir entre verano e invierno. Necesito airearme. Necesito vivir. Creo que todos necesitamos oxigenarnos.

Dibujos de la expo de Miguel Ángel Martín


Todos los originales de la exposición en la galería MIOMAO: aquí.

Mendel el de los libros, de Stefan Zweig


En menos de 60 páginas, Stefan Zweig construye un personaje inolvidable: Jakob Mendel, un hombrecillo judío que se sienta desde hace años en una mesa del café Gluck para trapichear con libros. Es una enciclopedia ambulante, un tipo capaz de memorizar cualquier dato relacionado con los autores y las ediciones. Lleva tanto tiempo en el local que los dueños lo consideran una especie de mueble más. Fuera de la literatura, Mendel no sabe nada. No lee la prensa, no se entera de las noticias del mundo, no es capaz de relacionarse con su entorno si no hay motivos librescos por medio. Y esa reclusión, esa vida enjaulada entre libros y en su propio universo, le acabará reportando consecuencias trágicas en la Viena de principios del siglo XX.

Amén de la exquisita prosa (y de la cuidada traducción de Berta Vias Mahou) y de la manera en que maneja la narración, Stefan Zweig trata en esas pocas páginas numerosos temas: la fugacidad y el olvido, el amor hacia los libros, los inocentes sobre los que siempre recaen las sospechas, el prodigio de la memoria, el destino… Una pequeña obra maestra. Un fragmento:

Dejando a un lado los libros, aquel hombre singular no sabía nada del mundo, pues todos los fenómenos de la existencia sólo comenzaban a ser reales para él cuando se vertían en letras, cuando se reunían en un libro y, como quien dice, se habían esterilizado. Pero tampoco leía aquellos libros para entenderlos, en su contenido espiritual y narrativo. Tan sólo su título, su precio, su aspecto, la página de créditos atraían su atención. Aquella memoria específica de anticuario de Jakob Mendel, en último término improductiva y no creativa, mero inventario de cientos de miles de títulos y nombres grabados en la blanda corteza cerebral de un mamífero, en lugar de, como en otro tiempo, escritos en un catálogo en forma de libro era, no obstante, en su perfección, única, un fenómeno de no menor importancia que la de Napoleón para las fisonomías, la de Mezzofanti para los idiomas, la de Lasker para las aperturas de ajedrez o la de Busoni para la música.
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[Gracias a Mario Crespo por la recomendación]

Á FREE K (áfrica)

empezamos patrocinando llagas
siendo solidarios si supuran,
porque hacer turismo por lugares de dolor
erradica
el martilleo en la conciencia.

es posible empaparse de miradas;

castrando las puertas al estómago
cosiendo fuertemente
con agujas afiladas
las vendas que lucen nuestros ojos
seguiremos alimentando de odio los ocasos.

a un margen de la felicidad
siempre nacen hierbas vulnerables. siempre.
no es extraño
que se aferren a tus sandalias,
y es frecuente que se pisen sin mirar,
o aún mirando. que se pisen.

hay punzadas
que nos impiden respirar
pero tenemos jeringas que nos besan
y así poder dormir tranquilos

hay seres humanos que no precisan
echarles una mano,

necesitan
que se les quite

el pie

del cuello.



Gsús Bonilla, Inédito

Tres cortometrajes

El viernes pasado, la cadena “UGC Ciné Cité” proyectó en varias sesiones y en diversas ciudades de España los tres cortometrajes de Eduardo Chapero-Jackson. Dado que el público español apenas conoce estos cortos, decidieron darnos una oportunidad proyectándolos el mismo día y en orden cronológico. Como una trilogía (así lo anunciaban en los periódicos y en los carteles): “A contraluz”, formada por “Contracuerpo”, “Alumbramiento” y “The End”. En Madrid los ponían en los cines que hay junto a la estación de Méndez Álvaro. Pensé que los estrenarían en una de esas salas tan diminutas como el salón de cualquier casa y me equivoqué: la sala donde los proyectaron es enorme, lo cual hizo que disfrutáramos el triple porque la pantalla no era precisamente pequeña. Pensé que estaría lleno o casi lleno y también me equivoqué: a las diez y media de la noche de un viernes, en un multicentro de la capital, estábamos en torno a diez personas (contando conmigo) en el patio de butacas. Diez personas para una ración de cortos de un director afamado y premiadísimo, en hora punta, una trilogía de la que hablaron en los principales periódicos nacionales y en algunos telediarios. Tres obras por las que, en taquilla, sólo pagabas tres euros: precio reducido. Una oportunidad única de ver algo que ni siquiera está colgado en la red (o, si lo está, no ha sido bien pirateado), y que, por lo que yo sé, tampoco han editado en dvd. Pues nada. Diez personas. La sala vacía. Tristísimo. Los tres cortos, como dicen en la publicidad, acumulan “más de 40 premios internacionales”. La mayoría corresponden a festivales del extranjero, porque nadie es profeta en su tierra, y tal.
“Contracuerpo” es, a mi juicio, el mejor. Está protagonizado por Macarena Gómez, cuya vis cómica se aprovecha bien en televisión. Aquí Macarena ofrece un tour de force interpretativo, en la piel de una chica enferma de anorexia que adelgaza lo suficiente para meterse dentro de uno de esos maniquíes de las tiendas. El director ha filmado y montado el corto como si fuera un cuento. Un cuento macabro, por supuesto, con ecos de “Seven” en los créditos y en la música. Nadie pronuncia una palabra en sus diecisiete minutos de metraje. La fuerza de las imágenes, de la música, de la narración plano a plano y el rostro de la actriz se encargan de deslumbrarnos. Si este corto es trágico, más asfixiante aún resulta el segundo, “Alumbramiento”, con Mariví Bilbao (la inolvidable fumadora de “Aquí no hay quien viva”) en el papel principal: el de una anciana que se está muriendo en su cama. Son alrededor de veinte minutos durísimos, con la familia alrededor de la enferma, ayudándola a sobrellevar la agonía y el dolor. Un tema universal por el que todos hemos pasado. En el tercero, “The End”, hay un cambio de registro: sigue habiendo drama, pero esta vez el director nos lleva hacia espacios abiertos, hacia los desiertos americanos propios de las películas de terror de carretera, con un reparto de extranjeros (aparte del cameo de Miguel Ángel Silvestre, El Duque de “Sin tetas no hay paraíso”) y una trama futurista que recuerda a “Guerreros del espacio”, una película de los 80 en la que la Tierra es un secarral en el que escasea el agua. En este corto sucede lo mismo.
Tres cortos apasionantes, rodados de manera magistral por Chapero-Jackson. Pero con apenas espectadores. Lo cual acarreará consecuencias: que nunca habrá futuro para el cortometraje en España. No creo que los empresarios quieran dedicar otro día completo, con todas sus sesiones, a un género al que el público da la espalda: perderían dinero. Una verdadera pena. Made in Spain.

martes, junio 30, 2009

El colibrí blanco, de Esteban Gutiérrez Gómez


¿Así que tú eres el famoso “Carnicero”? Le miraba con un brillo de admiración en los ojos sin dejar de menear el mondadientes dentro de la boca. Se oyen por ahí muchas historias de ti.
Seoane permanecía de pie frente a la mesa, con las manos girando la gorra y su purito apagado encasquetado al borde de la comisura de los labios. Callado, intentando descifrar el lenguaje de los signos.
Por la capital te llaman “El Ángel de la Muerte”, manda cojones, y se reía con carcajadas sucias. Se puso de pie y resultó ser tan alto como Seoane. Tenía la nariz aguileña y unos profundos surcos en los carrillos. Se situó frente a él. Ganas tenía de conocerte.
Seoane fijó sus pupilas bruñidas en aquel rostro nuevo y adivinó problemas.
Antonio Menéndez Seoane, para servirles, se presentó ante el nuevo jefe del destacamento.
Pues hoy mismo tendrás trabajo, le dijo dejando resbalar la mirada por su cuerpo como para medir su fuerza.
Ya no hay sitio en el pinar para más hoyos.
El capitán rió otra vez. Ya no es necesario, ya no hay fantasmas, empezó a decir, ya vienen juzgados y condenados. Entiéndelo, los chavales son cada día más jóvenes y no quieren salir de paseo. Tú les harás el honor del destete.

Tetro


Admito que no me ha disgustado Tetro. Incluso creo que no está nada mal. Cierto: no es una obra redonda, ni mucho menos, y tiene unas cuantas debilidades, pero es mucho mejor y más personal que Jack, Legítima defensa o Jardines de piedra (no conocemos la anterior, Juventud sin juventud, así que habrá que recurrir a la mula). Está rodada en blanco y negro y los flashbacks son en color, ese color pastel, excesivo y característico de algunas películas antiguas, como Las zapatillas rojas, a la que rinde homenaje. Si alguien se fija, hay otro pequeño detalle: una fotografía de La noche del cazador en la casa donde viven los protagonistas, en la que aparece Robert Mitchum con los nudillos tatuados por las palabras LOVE y HATE, que representan a la perfección los sentimientos de la familia (ver el fragmento de entrevista, en el post anterior).
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Tetro cuenta la historia de la familia Tetrocini, donde anidan los genios: músicos, aspirantes a escritor, sopranos, poetas. Y el director llena el texto de claves y conexiones con su propia familia, los Coppola, ocultos en la ficción bajo el nombre de Tetrocini: su padre Carmine, su hermana Talia Shire, su tío Anton, su hijo Roman... Que traslade la historia a Buenos Aires y a los años 90 sólo obedece a exigencias de presupuesto: es la manera más sencilla de ahorrar dinero. Destacan en la película Maribel Verdú, Klaus Maria Brandauer y Alden Ehrenreich, un descubrimiento, un actor joven con el magnetismo de los intérpretes de antes. Carmen Maura está desaprovechada: su papel podría haber dado más jugo, en eso estamos todos de acuerdo. Y Vincent Gallo da menos mal rollo que otras veces.
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Este largometraje, tras Juventud sin juventud, forma parte de la nueva etapa de Coppola: películas más personales, escritas por él mismo, rodadas en países donde se abaraten los costes. En suma: el director está haciendo lo que quiere, lo que necesita. Y en Tetro (por eso no me disgusta) se palpan el dolor y el amor de sus relaciones familiares: padres e hijos que no se hablan, parientes muertos, rivalidad entre creadores, tormentos interiores, búsqueda de sí mismos. Cuando el maestro que hizo la trilogía de El padrino muera, tal vez la gente entienda mejor este filme.

Coppola y la familia


El tema central de Tetro es la familia, que también articulaba la trilogía de El Padrino. Por otro lado, da la impresión de que usted tiene un marcado sentido de la familia. ¿Por qué le interesa tanto explorar los microcosmos familiares?
En el seno de la familia es donde aprendemos lo que es el amor. Inmediatamente, nos enamoramos de nuestra madre, porque somos mamíferos, ella nos abraza y nos protege y somos parte de ella. También nos enamoramos de nuestro padre, porque juega con nosotros, nos coge y nos hace saltar por el aire, sin dejar que caigamos, nos enseña cosas sobre la vida. Luego están nuestros hermanos y hermanas que son nuestros primeros amigos, nuestros primos, tíos...
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Lo que nos abre la puerta al mundo es, pues, el amor que sentimos por nuestra familia.
Y luego también está el otro lado: también es donde aprendemos a odiar, porque cuando alguien que nos quiere hace algo que nos hiere, sabemos por primera vez lo que es el odio. Tanto la mitología clásica como La Biblia hablan de historias de rivalidad en el seno de la familia. Tetro habla de esa rivalidad, porque se centra en una familia en la que hay muchos miembros con un fuerte componente creativo, gente con mucho talento que entra en conflicto. En mi familia también hay mucha gente con talento: mi padre, mi hermano, mis tíos, mi hermana, mi hija, mi hijo... Somos una familia con directores, actores, músicos, escritores... Por eso me sentí atraído por el tema de la rivalidad. Normalmente, cuando hago una película puedo resumir su tema en una sola palabra. Y en este caso es la rivalidad.
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Foto: EPS. Texto: Fotogramas.

Dead at 50

Ocho días atrás estaba sentado, a media tarde, en una terraza de la Plaza de Santa Ana. Casi todas las mesas estaban ocupadas por guiris: se sientan y suelen pedir una botella de tintorro o una jarra de sangría y en menos de una hora ya se han cocido. Es habitual que por allí pululen músicos ambulantes: gente que acarrea trompetas, violines, guitarras, etcétera. Entonces llegó un tipo de aspecto desastrado y con esa mirada que se les pone a los locos: aunque te miren de frente, cara a cara, sus ojos siempre están perdidos en un horizonte que sólo ellos conocen. El hombre cargaba con un casete de dimensiones mayúsculas. Se detuvo cerca de donde estábamos nosotros, pulsó el Play y escuchamos una canción. Era uno de los temas más célebres de Michael Jackson, no recuerdo con exactitud cuál: quizá fuera “Bad”, quizá “Smooth Criminal”. Y se puso a bailar. A imitar a aquella estrella que se evaporaría unos días más tarde. Tal vez se trate del peor baile y la peor imitación que he presenciado en mi vida.
Nadie sabe imitar los pasos de baile como Jackson, porque él tenía alas en los pies y además era negro aunque su piel hubiera mudado de color; quiere esto decir que el alma y el corazón continuaban teniendo el ritmo y el espíritu de los de su raza, que son los más dotados para bailar, entre otras muchas cosas. Nadie sabe imitarlo a la perfección, como digo, y aún menos si es blanco y peor aún si no es un bailarín y además sobrevive limosneando en las calles. Los guiris, claro, alucinaban, y todos nos reímos un poco de él. O, para ser exactos, no de él sino de la mala imitación, igual que cualquiera se ríe cuando salen en la tele los numerosos plagiadores que tuvo el cantante. Unos días después lo sentí bastante por aquel pobre diablo. La muerte de Michael Jackson, cuyas danzas él imitaba para ganarse las habichuelas, lo había dejado huérfano de ídolo, de padre espiritual. Siempre me he preguntado por qué los chiflados emulan a Elvis Presley y a Michael Jackson, pero no (por ejemplo) a David Bowie.
Tres días después de esa actuación callejera, justo en el momento en que mi colega Javier Das y yo subíamos a un pequeño escenario, frente al público, desde la mansión de Jackson llamaban a los paramédicos. De haberlo sabido en ese instante, no sé, supongo que hubiéramos dicho unas palabras de homenaje. Luego cada mochuelo se fue a su olivo y, al llegar a casa, me puse a navegar por los diarios digitales. Una de las noticias anunciaba que el cantante había sido ingresado de urgencia en un hospital. No decía nada de fallecimiento. Google da un poco de miedo. Porque, sabiendo que el servicio de noticias de España es mucho más lento, entré en Google News U.S., tecleé el nombre “Michael Jackson” y la página se inundó de esquelas: “Dead at 50”, contaban casi todas esas noticias. Su muerte nos conmocionó y nos ha devuelto al pasado, a recordar al creador de “Billie Jean” cuando era Peter Pan, antes de convertirse en un monstruo acorralado por las deudas, los rumores, la maledicencia y los estragos físicos. La televisión, con su letanía machacona, se ha encargado de recordarnos casi todos los episodios de su vida. Lo mejor es cuando he pillado esos especiales en los que emitían sus videoclips. Eso ocurrió la noche del sábado. En Telemadrid vi un especial sobre esos vídeos. Volví a disfrutarlos. Volví a recordar que tuve una beisbolera roja y blanca, como la que él usa al inicio de “Thriller”. Y volví a recordar los tiempos en que, en el bar de Zamora, pinchaba temas de sus discos en vinilo. De “Bad” y “Dangerous”, que tengo por ahí. Hoy valen un pastón. La muerte es lo que tiene: suaviza las taras y los pecados y revaloriza la obra. Y la obra fue muy grande.